Poemas & Elegias

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Yo canto los campos y a sus dioses. Bajo su magisterio, los humanos dejaron de saciar su hambre con bellotas. Ellos enseñaron por primera vez a trabajar vigas de madera y a recubrir 40 su pequeña choza de verde ramaje. Incluso se dice que ellos fueron los primeros en someter a los bueyes y en colocarle ruedas al carro. Entonces desaparecieron los frutos silvestres; entonces se plantaron los árboles frutales; entonces bebió el huerto fértil aguas de riego; entonces la uva dorada ofreció su 45 mosto, que hicieron brotar los pies, y se mezcló con el vino que da seguridad el agua sobria. Los campos ofrecen sus mieses cuando en el abrasador sol del estío, todos los años, la tierra abandona sus cabellos amarillentos. En el campo, en primavera, la abeja, liviana, llena su estómago de zumo de flores para colmar, afanosa, de dulce miel sus panales. Un labrador harto 50 del continuo trabajo del arado fue el primero en cantar rústicas tonadas, con ritmo cierto, y, tras la comida, en modular con una caña seca una melodía para entonarla ante los dioses engalanados. Baco, un labrador también teñido de rojo minio guió 55 el primero coros de danza, todavía inexpertos. Se le ofreció un magnífico regalo del establo colmado, un macho, guía del rebaño, una forma de acrecentar sus pobres recursos. En el campo, en primavera, un joven hizo, por primera vez, una corona de flores y la colocó sobre los antiguos Lares. En el campo 60 también, dispuesta a dar trabajo a las tiernas jóvenes, la oveja lustrosa lleva en su lomo suave lana. De aquí arranca el trabajo de la mujer, de aquí el copo y la rueca y el huso que hace girar la labor con el impulso del pulgar. Una tejedora que atiende la 65 tarea de una Minerva sin tregua entona una canción y resuena la tela por el toque del peine en los bordes. Cupido mismo también se dice nacido en medio de los campos, entre rebaños y yeguas salvajes[392]. Allí se ejercitó, por primera vez, con el arco 70 todavía no dominado. ¡Ay de mí! ¡Qué diestras manos tiene él ahora! Y no busca los ganados, como antes. Se ufana de clavar flechas en mujeres y de domar varones osados. Es él quien arrancó sus riquezas al joven; él quien ordenó al viejo pronunciar palabras vergonzosas ante el umbral de una mujer airada. 75 Bajo su dirección, burlando con sigilo a los porteros dormidos, sola la joven en medio de la oscuridad de la noche llega junto al amante y con sus pies tantea el camino, tensa por el miedo. Sus manos antes exploran las oscuras calles. ¡Ah! ¡Desgracia80 dos aquéllos a quienes este dios ferozmente ataca! Dichoso en cambio aquél a quien suavemente sopla un plácido Amor.


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