Poemas & Elegias

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Ya la Noche tras haber recorrido el cielo en su negra cuadriga había bañado sus ruedas en las azules aguas del río Océano y no me había adormecido el dios que consuela los corazo20 nes dolientes. El Sueño se ausenta de las casas inquietas. Al fin, cuando Febo miró desde Oriente, un tardío sopor cerró mis ojos que empezaban a languidecer. Entonces, me pareció que un joven, ceñidas sus sienes de casto laurel, ponía sus pies en 25 mi aposento. Nada humano más hermoso que él contempló ninguna época, ninguna familia de nuestros antepasados. Sus cabellos sin cortar flotaban sobre su cuello esbelto y rezumaba rocío sirio su cabellera de color de mirra. Su blancura era 30 como la que ofrece la Luna[457], hija de Latona; su color de púrpura en cuerpo de nieve, como cuando una doncella, conducida por primera vez ante su joven esposo, tiñe sus tiernas mejillas con rostro ruborizado y como cuando las muchachas entrelazan blancos lirios con amaranto y en otoño las pálidas 35 manzanas enrojecen. La orla de su manto parecía juguetear con sus talones, pues ésta era la vestimenta en su cuerpo resplandeciente. Obra de arte exquisito, brillando de concha y oro colgaba del lado izquierdo la armoniosa lira. No más llegar, 40 pulsándola con plectro de marfil entonó con melodiosa voz cantos de feliz augurio. Pero una vez que sus dedos y su voz hablaron, pronunció con dulce acento estas tristes palabras:


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