Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha —¿Qué es lo que decÃs, Sancho, de señorÃas y vasallos? —respondió ella.
—Te baste saber que digo verdad, y cose la boca. Ahora sólo te sabré decir, asà de paso, que no hay cosa más gustosa en el mundo que ser un honrado escudero de un caballero buscador de aventuras. Lo sé por experiencia, pues de algunas he salido molido, pero, con todo, es linda cosa esperar los sucesos atravesando montes o alojándose en ventas sin pagar un maldito maravedÃ.
En tanto estas pláticas pasaron entre Sancho Panza y Juana Panza, el cura encargó a la sobrina y al ama que tuviesen gran cuenta con cuidar a su tÃo y señor, y que estuviesen alerta para que otra vez no se les escapase. Ellas quedaron confusas y temerosas de que se habÃan de ver sin su amo y tÃo en el mismo punto en que tuviese alguna mejorÃa. Y sucedió como se lo imaginaban.
El fidedigno autor de esta nueva y jamás vista historia no pide a los que la leyeren, en premio del inmenso trabajo que le costó sacarla a la luz, sino que le den el mismo crédito que suelen dar los discretos a los libros de caballerÃas. Con esto se dará por bien pagado y satisfecho, y se animará a sacar y buscar otras, si no tan verdaderas, a lo menos de tanta invención y pasatiempo.
