Don Quijote de la Mancha

Don Quijote de la Mancha

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—Señores —contestó don Quijote—, vámonos poco a poco: yo fui loco, y ya soy cuerdo. Pueda mi arrepentimiento y verdad volverme a la estimación que de mí se tenía, y prosiga adelante el señor escribano con mi testamento.

Cerró finalmente el escribano el testamento de don Quijote. El cual, después de recibidos todos los sacramentos, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu, quiero decir que se murió.

Este fin tuvo el Ingenioso Hidalgo de la Mancha, cuyo lugar no quiso poner Cide Hamete, por dejar que todas las villas y lugares de la Mancha contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo.

Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su pluma:

—Aquí quedarás colgada, adonde vivirás luengos siglos, si presuntuosos historiadores no te descuelgan para profanarte. Pero antes que a ti lleguen, les puedes advertir y decirles: «Para mí sola nació don Quijote, y yo para él. Él supo obrar y yo escribir. Solos los dos somos el uno para el otro. Vale».

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