Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha 
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de escudo antiguo, rocín flaco y galgo corredor. Una olla las más noches, duelos y quebrantos los sábados, algún palomino los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, gran madrugador y amigo de la caza.
Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso —que eran los más del año—, se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó la administración de su hacienda. Le parecían de perlas aquellos requiebros y cartas de desafío, y también cuando leía:… los altos cielos os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza.
Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. Y se enfrascó tanto en la lectura, que se pasaba las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro.