Don Quijote de la Mancha

Don Quijote de la Mancha

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Y así, sin que nadie le viese, una mañana, antes del día, que era uno de los calurosos del mes de julio, se armó de todas sus armas, subió sobre Rocinante y por la puerta falsa del corral salió al campo con grandísimo contento y alborozo, diciendo:

—Dichosa edad, y siglo dichoso, aquel en que saldrán a la luz las famosas hazañas mías, dignas de entallarse en bronces, esculpirse en mármoles y pintarse en tablas en lo futuro. ¡Oh tú, sabio encantador, quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser cronista de esta historia, ruégote que no te olvides de mi buen Rocinante, compañero eterno mío en todos mis caminos y carreras!

Luego añadía, como si verdaderamente estuviera enamorado:

—¡Oh, princesa Dulcinea, señora de este cautivo corazón, mucho agravio me habedes fecho!

Con esto, caminaba tan despacio, y el sol entraba tan aprisa y con tanto ardor, que fuera bastante a derretirle los sesos.

Autores hay que dicen que la primera aventura que le sobrevino fue la de los molinos de viento, pero lo que yo he podido averiguar en este caso es que él anduvo todo aquel día sin acontecerle cosa que de contar fuese y, al anochecer, su rocín y él se hallaron cansados y muertos de hambre, y vio, no lejos del camino por donde iba, una venta.


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