Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha 
Quince dÃas estuvo don Quijote en casa muy sosegado, sin dar muestra de querer segundar sus primeros devaneos. Entonces solicitó a un labrador vecino suyo, hombre de bien —si es que este tÃtulo se puede dar al que es pobre—, pero de muy poca sal en la mollera. Y tanto le dijo, tanto le persuadió y prometió una isla de la que ser gobernador, que con estas promesas y otras tales, Sancho Panza, que asà se llamaba el labrador, dejó a su mujer e hijos y pasó a ser escudero de su vecino.
Y asÃ, sin despedirse Panza de sus hijos y mujer, ni don Quijote de su ama y sobrina, una noche se salieron del lugar sin que persona los viese, y caminaron tanto que tuvieron por seguro que no los hallarÃan aunque los buscasen.
Iba Sancho Panza sobre su jumento como un patriarca, con sus alforjas y su bota, y con mucho deseo de verse ya gobernador.
—Mire vuestra merced, señor caballero andante —dijo en esto a su amo—, que no se olvide lo que de la Ãnsula me tiene prometido; que yo la sabré gobernar, por grande que sea.