Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha —A no haberle añadido lo de la hechicerÃa —dijo don Quijote—, por ser solamente un alcahuete limpio, no merecÃa él ir a bogar en las galeras, sino a mandarlas y a ser su general. Que el de alcahuete debiera ser oficio de discretos y necesarÃsimo en la república bien ordenada, y que no le debÃa ejercer sino gente muy bien nacida. Bien sé, por el contrario, que no hay hechizos en el mundo que puedan forzar la voluntad, como algunos simples piensan.
—Asà es —dijo el viejo—. Y, en verdad, señor, que en lo de hechicero no tuve culpa alguna; en lo de alcahuete no lo pude negar. Pero nunca pensé que hacÃa mal en ello; que toda mi intención era que todo el mundo se holgase y viviese en paz y quietud, sin pendencias ni penas.
Aquà tornó a su llanto. Y túvole Sancho tanta compasión, que sacó un real y se lo dio de limosna.
Don Quijote preguntó su delito a otro, que iba en hábito de estudiante y respondió:
—Yo voy aquà porque me burlé demasiadamente con dos primas hermanas mÃas y con otras dos hermanas, que no lo eran mÃas. Finalmente, tanto me burlé con todas, que resultó de la burla crecer la parentela.
Tras éstos venÃa un hombre de edad de treinta años, atado diferentemente de los demás, porque traÃa una cadena al pie y dos argollas a la garganta.