Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha Consolole el cura, y díjole que, en hallando a su señor, le daría otra orden de pago en el papel adecuado, porque las que se hacían en un cuaderno jamás se aceptaban ni cumplían. Con esto se consoló Sancho y dijo que no le daba pena la pérdida de la carta de Dulcinea, porque él la sabía casi de memoria.
—Decidla, Sancho, pues —dijo el barbero—, que después la escribiremos.
Parose Sancho a rascar la cabeza, y ya se ponía sobre un pie, ya sobre otro. Unas veces miraba al suelo, otras al cielo, y, tras haberse roído la mitad de la yema de un dedo, dijo al cabo de grandísimo rato:
—En el principio decía: «alta y sobada señora».
—No diría —dijo el barbero— sobada, sino sobrehumana o soberana señora.
—Así es —dijo Sancho—. Luego, si mal no me acuerdo, proseguía… «el lego y falto de sueño, y el ferido besa a vuestra merced las manos, ingrata y muy desconocida hermosa», y no sé qué decía luego de salud y de enfermedad que le enviaba.