El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha Allà fue el desear de la espada de AmadÃs, contra quien no tenÃa fuerza de encantamento alguno; allà fue el maldecir de su fortuna; allà fue el exagerar la falta que harÃa en el mundo su presencia el tiempo que allà estuviese encantado, que sin duda alguna se habÃa creÃdo que lo estaba; allà el acordarse de nuevo de su querida Dulcinea del Toboso; allà fue el llamar a su buen escudero Sancho Panza, que, sepultado en sueño y tendido sobre el albarda de su jumento, no se acordaba en aquel instante de la madre que lo habÃa parido; allà llamó a los sabios Lirgandeo y Alquife, que le ayudasen; allà invocó a su buena amiga Urganda, que le socorriese, y, finalmente, allà le tomó la mañana, tan desesperado y confuso que bramaba como un toro; porque no esperaba él que con el dÃa se remediara su cuita, porque la tenÃa por eterna, teniéndose por encantado. Y hacÃale creer esto ver que Rocinante poco ni mucho se movÃa, y creÃa que de aquella suerte, sin comer ni beber ni dormir, habÃan de estar él y su caballo, hasta que aquel mal influjo de las estrellas se pasase, o hasta que otro más sabio encantador le desencantase.