Los trabajos de Persiles y Sigismunda

Los trabajos de Persiles y Sigismunda

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—Mira, Clodio —dijo a esta sazón Rosamunda—, cuán mal me hallo yo en tu compañía, que mil veces me ha venido al pensamiento de arrojarme en la profundidad del mar, y si lo he dejado de hacer, es por no llevarte conmigo, que si en el infierno pudiera estar sin ti, se me aliviaran las penas. Yo confieso que mis torpezas han sido muchas, pero han caído sobre sujeto flaco y poco discreto; mas las tuyas han cargado sobre varoniles hombros y sobre discreción esperimentada, sin sacar de ellas otra ganancia que una delectación más ligera que la menuda paja que en volubles remolinos revuelve el viento. Tú has lastimado mil ajenas honras, has aniquilado ilustres créditos, has descubierto secretos escondidos y contaminado linajes claros; haste atrevido a tu rey, a tus ciudadanos, a tus amigos y a tus mismos parientes; y, en son de decir gracias, te has desgraciado con todo el mundo. Bien quisiera yo que quisiera el rey que, en pena de mis delitos, acabara con otro género de muerte la vida en mi tierra, y no con el de las heridas que a cada paso me da tu lengua, de la cual tal vez no están seguros los cielos ni los santos.

—Con todo eso —dijo Clodio—, jamás me ha acusado la conciencia de haber dicho alguna mentira.

—A tener tú conciencia —dijo Rosamunda— de las verdades que has dicho, tenías harto de que acusarte; que no todas las verdades han de salir en público, ni a los ojos de todos.


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