Los trabajos de Persiles y Sigismunda
Los trabajos de Persiles y Sigismunda —No es posible, Periandro amigo, sino que tu hermana Auristela te habrá dicho la voluntad que, en dos años que estuvo en poder del rey mi padre, le mostré: tan ajustada con sus honestos deseos, que jamás me salieron palabras a la boca que pudiesen turbar sus castos intentos. Nunca quise saber más de su hacienda de aquello que ella quiso decirme, pintándola en mi imaginación, no como persona ordinaria y de bajo estado, sino como a reina de todo el mundo, porque su honestidad, su gravedad, su discreción tan en estremo estremada no me daba lugar a que otra cosa pensase. Mil veces me le ofrecà por su esposo, y esto con voluntad de mi padre, y aun me parecÃa que era corto mi ofrecimiento. Respondióme siempre que hasta verse en la ciudad de Roma, adonde iba a cumplir un voto, no podÃa disponer de su persona. Jamás me quiso decir su calidad ni la de sus padres, ni yo, como ya he dicho, le importuné me la dijese, pues ella sola, por sà misma, sin que traiga depen[den]cia de otra alguna nobleza, merece, no solamente la corona de Dinamarca, sino de toda la monarquÃa de la tierra. Todo esto te he dicho, Periandro, para que, como varón de discurso y entendimiento, consideres que no es muy baja la ventura que está llamando a las puertas de tu comodidad y la de tu hermana, a quien desde aquà me ofrezco por su esposo, y prometo de cumplir este ofrecimiento cuando ella quisiere y adonde quisiere: aquÃ, debajo destos pobres techos, o en los dorados de la famosa Roma. Y asimismo te ofrezco de contenerme en los lÃmites de la honestidad y buen decoro, si bien viese consumirme en los ahÃncos y deseos que trae consigo la concupicencia desenfrenada, y la esperanza propincua, que suele fatigar más que la apartada.