Los trabajos de Persiles y Sigismunda
Los trabajos de Persiles y Sigismunda 
O no sé —dijo Mauricio a esta sazón— qué quiere este que llaman amor por estas montañas, por estas soledades y riscos, por entre estas nieves y yelos, dejándose allá los Pafos, Gnidos, las Cipres, los Elíseos Campos, de quien huye la hambre y no llega incomodidad alguna. En el corazón sosegado, en el ánimo quieto tiene el amor deleitable su morada, que no en las lágrimas ni en los sobresaltos.
Auristela, Transila, Constanza y Ricla quedaron atónitas del suceso, y con callar le admiraron, y, finalmente, con no pocas lágrimas enterraron a Taurisa; y, después de haber vuelto Rosamunda del pesado desmayo, se recogieron y embarcaron en el esquife de la nave, donde fueron bien recebidos y regalados de los que en ella estaban, satisfaciendo luego todos la hambre que les aquejaba; sólo Rosamunda, que estaba tal, que por momentos llamaba a las puertas de la muerte. Alzaron velas, lloraron algunos los capitanes muertos, y instituyeron luego uno que lo fuese de todos, y siguieron su viaje, sin llevar parte conocida donde le encaminasen, porque era de cosarios, y no irlandeses, como a Arnaldo le había[n] dicho, sino de una isla rebelada contra Inglaterra.