Los trabajos de Persiles y Sigismunda
Los trabajos de Persiles y Sigismunda Deseaba Auristela volver a la plática pasada, y saber del capitán si los favores que Sinforosa habÃa hecho a Periandro se estendieron a más que coronarle; y asÃ, se lo preguntó modestamente y con recato de no dar a entender su pensamiento. Respondió el capitán que Sinforosa no tuvo lugar de hacer más merced, que asà se han de llamar los favores de las damas, a Periandro, aunque, a pesar de la bondad de Sinforosa, a él le fatigaban ciertas imaginaciones que tenÃa de que no estaba muy libre de tener en la suya a Periandro, porque siempre que, después de partido, se hablaba de las gracias de Periandro, ella las subÃa y las levantaba sobre los cielos, y, por haberle ella mandado que saliese en un navÃo a buscar a Periandro y le hiciese volver a ver a su padre, confirmaba más sus sospechas.
—¿Cómo? ¿Y es posible —dijo Auristela— que las grandes señoras, las hijas de los reyes, las levantadas sobre el trono de la fortuna, se han de humillar a dar indicios de que tienen los pensamientos en humildes sujetos colocados? Y, siendo verdad, como lo es, que la grandeza y majestad no se aviene bien con el amor, antes son repugnantes entre sà el amor y la grandeza, hase de seguir que Sinforosa, reina, hermosa y libre, no se habÃa de cautivar de la primera vista de un no conocido mozo, cuyo estado no prometÃa ser grande el venir guiando un timón de una barca con doce compañeros desnudos, como lo son todos los que gobiernan los remos.