Los trabajos de Persiles y Sigismunda

Los trabajos de Persiles y Sigismunda

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—¡Ay, señora —dijo—, y cómo creo que los cielos te han traído por tan estraño rodeo que parece milagro a esta tierra, condolidos de mi dolor y lastimados de mi lástima! Del vientre escuro de la nave te volvieron a la luz del mundo, para que mi escuridad tuviese luz, y mis deseos salida de la confusión en que están; y así, por no tenerme ni tenerte más suspensa, sabrás que a esta isla llegó tu hermano Periandro.

Y sucesivamente le contó del modo que había llegado, los triunfos que alcanzó, los contrarios que venció y los premios que ganó, del modo que ya queda contado. Díjole también cómo las gracias de su hermano Periandro habían despertado en ella un modo de deseo, que no llegaba a ser amor, sino benevolencia; pero que después, con la soledad y ociosidad, yendo y viniendo el pensamiento a contemplar sus gracias, el amor se le fue pintando, no como hombre particular, sino como a un príncipe; que si no lo era, merecía serlo. «Esta pintura me la grabó en el alma, y yo inadvertida dejé que me la grabase, sin hacerle resistencia alguna; y así, poco a poco vine a quererle, a amarle y aun a adorarle, como he dicho».




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