Los trabajos de Persiles y Sigismunda
Los trabajos de Persiles y Sigismunda »Celebróse la fiesta, y luego salieron de entre las barcas del rÃo cuatro despalmadas, vistosas por las diversas colores con que venÃan pintadas, y los remos, que eran seis de cada banda, ni más ni menos; las banderetas, que venÃan muchas por los filaretes, ansimismo eran de varios colores; los doce remeros de cada una venÃan vestidos de blanquÃsimo y delgado lienzo, de aquel mismo modo que yo vine cuando entré la vez primera en esta isla. Luego conocà que querÃan las barcas correr el palio, que se mostraba puesto en el árbol de otra barca, desviada de las cuatro como tres carreras de caballo. Era el palio de tafetán verde listado de oro, vistoso y grande, pues alcanzaba a besar y aun a pasearse por las aguas. El rumor de la gente y el son de los instrumentos era tan grande que no se dejaba entender lo que mandaba el capitán del mar, que en otra pintada barca venÃa. Apartáronse las enramadas barcas a una y otra parte del rÃo, dejando un espacio llano en medio, por donde las cuatro competidoras barcas volasen, sin estorbar la vista a la infinita gente que desde el tálamo y desde ambas riberas estaba atenta a mirarlas; y, estando ya los bogadores asidos de las manillas de los remos, descubiertos los brazos, donde se parecÃan los gruesos nervios, las anchas venas y los torcidos músculos, atendÃan la señal de la partida, impacientes por la tardanza, y fogosos, bien ansà como lo suele estar el generoso can de Irlanda cuando su dueño no le quiere soltar de la traÃlla a hacer la presa que a la vista se le muestra.