Los trabajos de Persiles y Sigismunda
Los trabajos de Persiles y Sigismunda »Yo, a quien el estraño caso más colérico que suspenso me puso, me arrojé tras los salteadores, los seguí con los ojos y con las voces, afrentándolos como si ellos fueran capaces de sentir afrentas, solamente para irritarlos a que mis injurias les moviesen a volver a tomar venganza de ellas; pero ellos, atentos a salir con su intento, o no oyeron o no quisieron vengarse, y así, se desparecieron; y luego los desposados y yo, con algunos de los principales pescadores, nos juntamos, como suele decirse, a consejo, sobre qué haríamos para enmendar nuestro yerro y cobrar nuestras prendas. Uno dijo: "No es posible sino que alguna nave de salteadores está en la mar, y en parte donde con facilidad ha echado esta gente en tierra, quizá sabidores de nuestra junta y de nuestras fiestas. Si esto es ansí, como sin duda lo imagino, el mejor remedio es que salgan algunos barcos de los nuestros y les ofrezcan todo el rescate que por la presa quisieren, sin detenerse en el tanto más cuanto: que las prendas de esposas hasta las mismas vidas de sus mismos esposos merecen en rescate". "Yo seré —dije entonces— el que haré esa diligencia; que, para conmigo, tanto vale la prenda de mi hermana como si fuera la vida de todos los del mundo". Lo mismo dijeron Carino y Solercio: ellos llorando en público y yo muriendo en secreto.