Los trabajos de Persiles y Sigismunda
Los trabajos de Persiles y Sigismunda —No —dijo la bárbara—, porque, aunque hay muchas, ninguna dellas se me iguala, porque, en efeto, yo soy una de las desdichadas para ser reina destos bárbaros, que serÃa la mayor desventura que me pudiese venir.
Volvieron los que habÃan ido a la tierra, y con ellos otros muchos y su prÃncipe, que lo mostró ser en el rico adorno que traÃa.
HabÃase echado sobre el rostro un delgado y trasparente velo Periandro, por [no] dar de improviso, como rayo, con la luz de sus ojos en los de aquellos bárbaros, que con grandÃsima atención le estaban mirando.
Habló el gobernador con la bárbara, de que resultó que ella dijo a Arnaldo que su prÃncipe decÃa que mandase alzar el velo a su doncella. HÃzose asÃ. Levantóse en pie Periandro, descubrió el rostro, alzó los ojos al cielo, mostró dolerse de su ventura, estendió los rayos de sus dos soles a una y otra parte, que, encontrándose con los del bárbaro capitán, dieron con él en tierra (a lo menos, asà lo dio a entender el hincarse de rodillas, como se hincó, adorando a su modo en la hermosa imagen, que pensaba ser mujer); y, hablando con la bárbara, en pocas razones concertó la venta, y dio por ella todo lo que quiso pedir Arnaldo, sin replicar palabra alguna.