Los trabajos de Persiles y Sigismunda
Los trabajos de Persiles y Sigismunda ¡Válame Dios, y con cuánta facilidad discurre el ingenio de un poeta y se arroja a romper por mil imposibles! ¡Sobre cuán flacos cimientos levanta grandes quimeras! Todo se lo halla hecho, todo fácil, todo llano, y esto de manera que las esperanzas le sobran cuando la ventura le falta, como lo mostrĂł este nuestro moderno poeta cuando vio descoger acaso el lienzo donde venĂan pintados los trabajos de Periandro. AllĂ se vio Ă©l en el mayor que en su vida se habĂa visto, por venirle a la imaginaciĂłn un grandĂsimo deseo de componer de todos ellos una comedia; pero no acertaba en quĂ© nombre le pondrĂa: si le llamarĂa comedia, o tragedia, o tragicomedia, porque si sabĂa el principio, ignoraba el medio y el fin, pues aun todavĂa iban corriendo las vidas de Periandro y de Auristela, cuyos fines habĂan de poner nombre a lo que dellos se representase. Pero lo que más le fatigaba era pensar cĂłmo podrĂa encajar un lacayo consejero y gracioso en el mar y entre tantas islas, fuego y nieves; y, con todo esto, no se desesperĂł de hacer la comedia y de encajar el tal lacayo, a pesar de todas las reglas de la poesĂa y a despecho del arte cĂłmico. Y, en tanto que en esto iba y venĂa, tuvo lugar de hablar a Auristela y de proponerle su deseo y de aconsejarla cuán bien la estarĂa si se hiciese recitanta. DĂjole que, a dos salidas al teatro, le lloverĂan minas de oro a cuestas, porque los prĂncipes de aquella edad eran como hechos de alquimia, que llegada al oro, es oro, y llegada al cobre, es cobre; pero que, por la mayor parte, rendĂan su voluntad a las ninfas de los teatros, a las diosas enteras y a las semideas, a las reinas de estudio y a las fregonas de apariencia; dĂjole que si alguna fiesta real acertase a hacerse en su tiempo, que se diese por cubierta de faldellines de oro, porque todas o las más libreas de los caballeros habĂan de venir a su casa rendidas a besarle los pies; representĂłle el gusto de los viajes, y el llevarse tras sĂ dos o tres disfrazados caballeros que la servirĂan tan de criados como de amantes; y, sobre todo, encarecĂa y puso sobre las nubes la excelencia y la honra que le darĂan en encargarle las primeras figuras. En fin, le dijo que si en alguna cosa se verificaba la verdad de un antiguo refrán castellano, era en las hermosas farsantas, donde la honra y provecho cabĂan en un saco.