Los trabajos de Persiles y Sigismunda
Los trabajos de Persiles y Sigismunda Partidos, pues, de Badajoz, se encaminaron a nuestra Señora de Guadalupe, y, habiendo andado tres dÃas y en ellos cinco leguas, les tomó la noche en un monte poblado de infinitas encinas y de otros rústicos árboles. TenÃa suspenso el cielo el curso y sazón del tiempo en la balanza igual de los dos equinoccios: ni el calor fatigaba, ni el frÃo ofendÃa, y, a necesidad, tan bien se podÃa pasar la noche en el campo como en el aldea; y a esta causa, y por estar lejos un pueblo, quiso Auristela que se quedasen en unas majadas de pastores boyeros que a los ojos se les ofrecieron. HÃzose lo que Auristela quiso, y, apenas habÃan entrado por el bosque docientos pasos, cuando se cerró la noche con tanta escuridad que los detuvo, y les hizo mirar atentamente la lumbre de los boyeros, porque su resplandor les sirviese de norte para no errar el camino. Las tinieblas de la noche, y un ruido que sintieron, les detuvo el paso y hizo que Antonio el mozo se apercibiese de su arco, perpetuo compañero suyo. Llegó en esto un hombre a caballo, cuyo rostro no vieron, el cual les dijo:
—¿Sois desta tierra, buena gente?
—No, por cierto —respondió Periandro—, sino de bien lejos della; peregrinos estranjeros somos que vamos a Roma, y primero a Guadalupe.
—SÃ, que también —dijo el de a caballo— hay en las estranjeras tierras caridad y cortesÃa, también hay almas compasivas dondequiera.