Los trabajos de Persiles y Sigismunda
Los trabajos de Persiles y Sigismunda —No —decÃa Feliciana—, no son estas las mantillas que mi doncella tenÃa diputadas para envolver lo que de mà naciese, ni esta cadena —que se la enseñaron— la vi yo jamás en poder de Rosanio. De otra debe ser esta prenda, que no mÃa; que, a serlo, no fuera yo tan venturosa, teniéndola una vez perdida, tornar a cobrarla; aunque yo oà decir muchas veces a Rosanio que tenÃa amigos en Trujillo; pero de ningu[no] me acuerdo el nombre.
—Con todo eso —dijo el pastor—, que, pues el que dio la criatura mandó que la llevasen a Trujillo, sospecho que el que la dio a estos peregrinos fue Rosanio, y asÃ, soy de parecer, si es que en ello os hago algún servicio, que mi hermana, con la criatura y con otros dos destos mis pastores, se ponga en camino de Trujillo, a ver si la reciben alguno de esos dos caballeros a quien va dirigida.
A lo que Feliciana respondió con sollozos y con arrojarse a los pies del pastor, abrazándolos estrechamente: señales que la dieron de que aprobaba su parecer. Todos los peregrinos le aprobaron asimismo, y con darle la cadena lo facilitaron todo.