Los trabajos de Persiles y Sigismunda
Los trabajos de Persiles y Sigismunda Y esta razón dijo con voz tan baja que de nadie pudo ser oÃda, y prosiguió diciendo:
—Vive, señora y hermana mÃa, que en esta isla no hay muerte para las mujeres, y no quieras tú para contigo ser más cruel que sus moradores; confÃa en los cielos, que, pues te han librado hasta aquà de los infinitos peligros en que te debes de haber visto, te librarán de los que se pueden temer de aquà adelante.
—¡Ay, hermano! —respondió Auristela (que era la misma que por varón pensaba ser sacrificada)—. ¡Ay, hermano! —replicó otra vez—, ¡y cómo creo que éste en que nos hallamos ha de ser el último trance que de nuestras desventuras puede temerse! Suerte dichosa ha sido el hallarte, pero desdichada ser en tal lugar y en semejante traje.
Lloraban entrambos, cuyas lágrimas vio el bárbaro Bradamiro; y, creyendo que Periandro las vertÃa del dolor de la muerte de aquél, que pensó ser su conocido, pariente o amigo, determinó de libertarle, aunque se pusiese a romper por todo inconveniente. Y asÃ, llegándose a los dos, asió de la una mano a Auristela y de la otra a Periandro, y, con semblante amenazador y ademán soberbio, en alta voz dijo:
—Ninguno sea osado, si es que estima en algo su vida, de tocar a estos dos, aun en un solo cabello. Esta doncella es mÃa, porque yo la quiero, y este hombre ha de ser libre, porque ella lo quiere.