Los trabajos de Persiles y Sigismunda

Los trabajos de Persiles y Sigismunda

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—Bien quisiera, señor, rogaros que os detuviérades un poco en este lugar, siquiera hasta la noche, porque mi pintor con comodidad y de espacio pudiera sacar el retrato del rostro de vuestra hermana; pero bien os podéis ir a la paz de Dios, porque el pintor me ha dicho que, de sola una vez que la ha visto, la tiene tan aprehendida en la imaginación que la pintará a sus solas tan bien como si siempre la estuviera mirando.

Maldijo Periandro entre sí la rara habilidad del pintor; pero no dejó por esto de partirse, despidiéndose luego de las tres gallardas francesas, que abrazaron a Auristela y a Constanza estrechamente y les ofrecieron de llevarlas hasta Roma en su compañía, si dello gustaban.

Auristela se lo agradeció con las más corteses palabras que supo, diciéndoles que su voluntad obedecía a la de su hermano Periandro, y que así, no podían detenerse ella ni Cons[tan]za, pues Antonio, hermano de Constanza, y el suyo se iban.

Y, con esto, se partieron, y de allí a seis días llegaron a un lugar de la Provenza, donde les sucedió lo que se dirá en el siguiente capítulo.


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