Los trabajos de Persiles y Sigismunda

Los trabajos de Persiles y Sigismunda

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—¡Ay, cielos santos! —dijo la moza—. ¿Y quién es esta señora que me ha leído mis pensamientos? ¿Quién es esta adivina que ansí sabe la desvergonzada historia de mi vida? Yo, señora, soy esa adúltera, soy esa presa y soy la condenada a destierro de diez años, porque no tuve parte que me siguiese, y soy la que aquí estoy en poder de un soldado español que va a Italia, comiendo el pan con dolor, y pasando la vida, que por momentos me hace desear la muerte. Mi amigo, el primero, murió en la cárcel. Éste, que no sé en qué número ponga, me socorrió en ella, de donde me sacó, y, como he dicho, me lleva por esos mundos con gusto suyo y con pesar mío: que no soy tan tonta que no conozca el peligro en que traigo el alma en este vagamundo estado. Por quien Dios es, señores, pues sois españoles, pues sois cristianos, y, pues sois principales, según lo da a entender vuestra presencia, que me saquéis del poder deste español, que será como sacarme de las garras de los leones.

Admirados quedaron Periandro y Auristela de la discreción sagaz de Constanza; y, concediendo con ella, la reforzaron y acreditaron, y aun se movieron a favorecer con todas sus fuerzas a la perdida moza, la cual dijo que el español soldado no iba siempre con ella, sino una jornada adelante o atrás, por deslumbrar a la justicia.


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