Novelas ejemplares

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—También habrá visto o oído vuesa merced —dijo el alférez— lo que dellos se cuenta: que si acaso echan limosna de las ventanas y se cae en el suelo, ellos acuden luego a alumbrar y a buscar lo que se cae y se paran delante de las ventanas donde saben que tienen costumbre de darles limosna y, con ir allí con tanta mansedumbre que más parecen corderos que perros, en el hospital son unos leones, guardando la casa con grande cuidado y vigilancia.

—Yo he oído decir —dijo Peralta— que todo es así, pero eso no me puede ni debe causar maravilla.

—Pues lo que ahora diré dellos es razón que la cause y que, sin hacerse cruces, ni alegar imposibles ni dificultades, vuesa merced se acomode a creerlo y es: que yo oí y casi vi con mis ojos a estos dos perros, que el uno se llama Cipión y el otro Berganza, estar una noche, que fue la penúltima que acabé de sudar, echados detrás de mi cama en unas esteras viejas y, a la mitad de aquella noche, estando a escuras y desvelado, pensando en mis pasados sucesos y presentes desgracias, oí hablar allí junto y estuve con atento oído escuchando, por ver si podía venir en conocimiento de los que hablaban y de lo que hablaban y a poco rato vine a conocer, por lo que hablaban, los que hablaban y eran los dos perros, Cipión y Berganza.

Apenas acabó de decir esto Campuzano, cuando, levantándose el licenciado, dijo:


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