Novelas ejemplares

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—No me tenga vuesa merced por tan ignorante —replicó Campuzano— que no entienda que, si no es por milagro, no pueden hablar los animales; que bien sé que si los tordos, picazas y papagayos hablan, no son sino las palabras que aprenden y toman de memoria y por tener la lengua estos animales cómoda para poder pronunciarlas; mas no por esto pueden hablar y responder con discurso concertado, como estos perros hablaron y, así, muchas veces, después que los oí, yo mismo no he querido dar crédito a mí mismo y he querido tener por cosa soñada lo que realmente estando despierto, con todos mis cinco sentidos, tales cuales nuestro Señor fue servido dármelos, oí, escuché, noté y, finalmente, escribí, sin faltar palabra, por su concierto; de donde se puede tomar indicio bastante que mueva y persuada a creer esta verdad que digo. Las cosas de que trataron fueron grandes y diferentes y más para ser tratadas por varones sabios que para ser dichas por bocas de perros. Así que, pues yo no las pude inventar de mío, a mi pesar y contra mi opinión, vengo a creer que no soñaba y que los perros hablaban.

—¡Cuerpo de mí! —replicó el licenciado—. ¡Si se nos ha vuelto el tiempo de Maricastaña[1141], cuando hablaban las calabazas, o el de Isopo, cuando departía el gallo con la zorra y unos animales con otros!


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