Cuentos de Canterbury
Cuentos de Canterbury Prólogo al cuento del administrador
EL grupo aceptó complacido el divertido relato de Absalón y Listo Nicolás; y aunque hubo diversidad de opiniones, la mayoría lo acogió con risas y chanzas. Nadie se enfadó, si exceptuamos al administrador, Oswold, pues era carpintero de profesión. Con ira apenas contenida, se quejó y murmuró un rato:
—Por vida mía, ojalá pudiera devolverte esta jugada. Sin duda alguna podría ofuscarte con mi relato. Pero la edad senil no es mezquina. Se ha acabado el verano, y llega el turno al invierno. Mis blancos cabellos, al igual que mi corazón, denuncian mi edad. Pero me sucede a mí lo que a los nísperos. Tales frutos sólo son comestibles si están pachuchos o secos. Igual acontece con los entrados en años: maduramos cuando envejecemos; bailamos si suena la música. Nuestro deseo se ve ensombrecido por una cruz[112]; tenemos hojas blancas y apéndice verde, como los puerros. Aunque nuestra vitalidad decrezca, no carecemos de deseos lujuriosos. Hablamos sobre lo que no podemos ejecutar. Bajo nuestras cenizas se esconden rescoldos ardientes.