Cuentos de Canterbury
Cuentos de Canterbury Prólogo al cuento del cocinero
MIENTRAS hablaba el administrador, el cocinero de Londres estalló en carcajadas como si le hicieran cosquillas en la espalda.
—¡Ja! ¡Ja! ¡Por la Pasión de Cristo! Los razonamientos sobre el hospedaje le han acarreado penosas consecuencias a este molinero. Ya lo dijo Salomón: «Vigila a quien cobijas en tu casa[123]». Es peligroso que un forastero pernocte en casa ajena. Quien da cobijo debe ser consciente de estos peligros. Que el Señor me dé miserias y penas si, así como me llamo Hodge[124] de Ware, escuché relato alguno con molinero más trasquilado. Las tretas nocturnas funcionaron a la perfección. Pero Dios no permite que nos paremos aquí. Si queréis escuchar mi cuento, os relataré lo que sucedió en mi ciudad, de la mejor forma posible.
—Tienes permiso, Roger. Procura que sea bueno. Has rebajado la salsa de muchos estofados. Has vendido muchos Jacks de Dover[125] doblemente recalentados y enfriados. Muchos peregrinos te han maldecido sobremanera porque padecieron los efectos de tus perejiles cuando probaron tus viejos gansos rellenos de rastrojos. Muchas moscas andan sueltas por tu cocina. Empieza tu relato, mi querido Roger. Te ruego no te enfades si te tomo el pelo. De broma, se pueden decir muchas verdades.