Cuentos de Canterbury

Cuentos de Canterbury

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CUENTO DEL MAGISTRADO[149]

Introducción al cuento del magistrado

EL anfitrión constató que el luciente sol había recorrido la cuarta parte y algo más de media hora en su trayecto diurno. Aunque no muy versado en ciencia astronómica, sabía de sobra que era el 18 de abril, el mensajero de mayo, y que la sombra de los árboles medía exactamente igual que ellos.

De modo que, por las sombras, reconoció que Febo, brillante y claro, había remontado cuarenta y cinco grados en su carrera[129]. Por el día y la latitud, debían de ser las diez de la mañana. A esta conclusión llegó el hospedero. Súbitamente retuvo a su montura y dijo:

—Señores, les aviso que ha transcurrido la cuarta parte del día. Por amor de Dios y San Juan, no perdamos más tiempo. Éste se consume de día y de noche. Se nos escapa sigilosamente —ya estemos dormidos o despiertos—, si somos descuidados. El tiempo es huidizo como una corriente que nunca regresa, sino que fluye de la montaña al llano. Séneca y otros filósofos lamentaron más profundamente la pérdida del tiempo que la del oro. El tiempo perdido no se recupera.

El oro, sí. No se nos devuelve, una vez pasado, lo mismo que la virginidad de Molly[130], a merced de la vida licenciosa. No encallezcamos en la pereza.


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