Cuentos de Canterbury
Cuentos de Canterbury Prólogo al cuento del erudito
SELVOR erudito de Oxford —dijo nuestro anfitrión—. Vais haciendo camino en vuestra cabalgadura, mustio y callado como una chica recién casada cuando por primera vez se sienta a la mesa a comer. No os he oÃdo una sola palabra de vuestra boca en todo el dÃa. Supongo que estáis meditando sobre algún problema filosófico; pero, como bien dice Salomón[230], hay un tiempo para cada cosa. Vamos, por favor, animaos. Éste no es tiempo para andar meditando. Mantened vuestra promesa y contadnos algún cuento agradable, pues todos los que hemos entrado en el juego tenemos que obedecer las reglas. Solamente que no queremos sermones ni que tratéis de hacernos llorar por nuestros pecados como acostumbra un fraile por cuaresma; y procurad también que vuestro relato no nos haga caer dormidos. Contadnos un estupendo cuento de aventuras y guardaos vuestras flores de retórica y vuestras figuras de dicción hasta que necesitéis el lenguaje de altos vuelos que la gente utiliza para escribir a los reyes y a otros de elevada alcurnia. Para esta ocasión os rogamos que habléis sencillamente para que podamos entender lo que decÃs.