Cuentos de Canterbury
Cuentos de Canterbury EN Saint Denis[303] vivió una vez un comerciante muy rico, al que, dada su riqueza, se le tenÃa por astuto. Su esposa era de una gran belleza, muy sociable y a la que gustaban sobremanera las reuniones (cosa que origina más gastos de lo que valen todas las cortesÃas y halagos que prodigan los hombres en fiestas y bailes). Estas frases corteses y estos saludos pasan como sombras chinescas y compadezco al que tiene que pagar por ellos. Siempre es el pobre marido al que le toca rascarse el bolsillo. Para su propio crédito debe adornarnos a nosotras, las mujeres, con los vestidos y joyas que utilizamos[304] en los bailes. Y si resulta que no puede o no quiere correr con el gasto y piensa que es un despilfarro, entonces alguien tiene que pagar el pato o prestarnos dinero, y ahà es donde halla el peligro.
Este excelente comerciante poseÃa una casa con mucha servidumbre. Os quedarÃais maravillados de la cantidad de personas que acudÃan a ella, gracias a la hospitalidad de su esposa o debido tal vez a su gran belleza. Pero dejad que prosiga el relato. Entre sus diversos invitados —venÃan de todos los rangos— habÃa un monje, tipo osado y guapetón, de unos treinta años, según creo, que frecuentaba muchÃsimo la casa. Este apuesto monje se habÃa familiarizado hasta tal punto con el buen hombre que, desde que se conocieron, llegó a gozar en la casa del amigo de la máxima intimidad.