Cuentos de Canterbury
Cuentos de Canterbury Prólogo al cuento de la priora
¡SEÑOR, Dios nuestro[310]!.
—¡Señor, Señor! ¡Cuán maravilloso es tu nombre en el universo mundo! —dijo—. No sólo te alaban los hombres de elevada dignidad, sino también surge tu alabanza de la boca de los infantes que, al tomar el pecho, también ensalzan tu nombre.
Por consiguiente es en tu honor, y en el del blanco lirio que te engendró, sin ser mancillada por varón, que relato este cuento de la mejor forma posible. No por ello voy a acrecentar su honor, pues ella es, después de su Hijo, la misma fuente de bondad y honra y la misma salvación.
¡Oh Virgen Madre! ¡Madre Virgen de bondad! ¡Oh zarza incombustible, consumiéndose ante Moisés! ¡Tú que hiciste rebajar a la Deidad, gracias a tu humildad, por mediación del EspÃritu que iluminó tu corazón! ¡Tú que concebiste al Padre de la SabidurÃa!, ¡ayúdame a contar esto con reverencia!
¡Señora! No hay lengua ni saber que expresar puedan tu bondad, magnificencia, virtud y profunda humildad. A veces, tú, Señora, antes de que los mortales acudamos a ti, en tu bondad previsora y con tu intercesión, obtienes luz para cada uno de nosotros de forma que ésta nos guÃe hacia tu bendito Hijo.