Cuentos de Canterbury
Cuentos de Canterbury Prólogo al de la segunda monja
TODOS deberíamos hacer lo posible para evitar esta promotora y servidora de los vicios, esta portera del umbral de los placeres, cuyo nombre es ociosidad; deberíamos combatirla con su oponente, es decir, con la laboriosidad o diligencia, para que el diablo no se apodere de nosotros por nuestra indolencia. Pues una vez observa a un hombre ocioso, ese que nos está acechando de continuo esperando atraparnos con sus mil sutiles engaños, lo caza con su red, no dándose cuenta este hombre de que está agarrado por el enemigo hasta que lo tiene ya por la solapa.
Deberíamos trabajar en serio para oponer resistencia a la ociosidad, pues aunque solamente nos preocupamos de esta vida, resulta evidente que dicha ociosidad es una maldita torpeza de la que no se deriva nada bueno o beneficioso. La pereza tiene a la ociosidad al otro extremo de la correa, sirviendo solamente para dormir, comer, beber y devorar el producto del trabajo de los demás. Con el fin de alejar de nosotros el tipo de ociosidad que es causa de tantas calamidades, he tratado aquí de traducir fielmente de la Legenda Áurea su gloriosa vida y pasión, ¡oh tú, cuya guirnalda está entretejida de lirios y rosas[490]!. Me refiero a ti, Santa Cecilia, virgen y mártir.
Invocación a la Virgen María.