Cuentos de Canterbury
Cuentos de Canterbury Prólogo al cuento del párroco[502]
PARA cuando el intendente hubo terminado el cuento, el sol estaba tan bajo que, según pude estimar, su elevación no era mayor de veintinueve grados[503]. Por mis cálculos, debían de ser las cuatro, ya que en aquel momento mi sombra era, más o menos, de once pies, mientras que mi estatura es de seis. Además, la exaltación de la luna[504]— quiero decir Libra— estaba todavía en ascensión mientras nos acercábamos a las afueras de un pueblo. Aquí, como de costumbre, nuestro anfitrión se hizo cargo de nuestro feliz grupo y se dirigió a nosotros con estas palabras:
—Señores todos, necesitamos ahora solamente un cuento más. Mis reglas e instrucciones han sido llevadas a cabo, y creo que hemos escuchado uno de cada rango y estado de los que forman nuestro grupo; mi plan ha sido casi cumplido del todo. ¡Que Dios dé buena suerte al que cuente el último y más alegre cuento de todos!
—Señor cura —continuó—, ¿sois un vicario o quizá un párroco? ¡Vamos, sacadlo ahora! Sea lo que sea, no estropeéis nuestro juego, pues todos, salvo vos, han contado su cuento. Aflojaos el cinturón y dejadnos ver lo que lleváis en la bolsa. Ahora en serio: a juzgar por vuestra apariencia, parecéis capaz de enhebrar el hilo con un tema de importancia. ¡Por los huesos de un gallo! Contadnos una fábula, ¡corcho!