Cinco obras en un acto

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SCHIPUCHIN.—¡Bueno, basta ya!… ¡Todo eso en un día de aniversario es demasiado sombrío!… A propósito… Me lo ha recordado usted.(Consultando el reloj.) Mi cónyuge está para llegar. En realidad, debería haber ido a la estación a esperarla, pobrecilla; pero no tengo tiempo, y me encuentro cansado. A decir verdad, no me pone muy contento su venida. Quiero decir… Me alegro, sí, de que venga; pero me sería más agradable que se hubiera quedado con su madre un par de días más. Me exigirá que pase con ella esta tarde, cuando hoy, precisamente, teníamos organizada, para después de comer, una pequeña excursión. (Estremeciéndose.) ¡Vaya!… ¡Ya me empieza el temblor nervioso!… ¡Tengo los nervios en tal tensión que diríase les basta la menor tontería para echarse a llorar!… ¡No!… ¡Hay que ser fuerte! (Entra TATIANA ALEKSEEVNA cubierta con un «waterproof» y llevando un saquillo de viaje colgado al hombro.) ¡Mira! ¡Si antes lo digo, antes aparece!

TATIANA ALEKSEEVNA.—¡Querido! (Corre hacia su esposo. Largo beso.)

SCHIPUCHIN.—Estábamos, precisamente, hablando de ti. (Consulta el reloj.)



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