El Jardín de los Cerezos

El Jardín de los Cerezos

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TROFIMOF.—Créame, Ania, créame. Todavía no he cumplido treinta años; pero ya he sufrido mucho. A la entrada del invierno, tengo hambre, tengo frío, estoy enfermo, nervioso, soy pobre como un mendigo. El Destino me arrastró de un lado para otro. Y por doquiera, y siempre, mi alma fue invadida por los presentimientos. Yo presiento la felicidad, Ania, yo la veo de cerca.

ANIA.—La luna asoma. (A lo lejos resuena la canción melancólica de Epifotof. La luna surge en el horizonte.)

VARIA.—(Desde el bosque de los tilos.) ¡Ania! ¿Dónde estás?

TROFIMOF.—Mire la luna. (Pausa.) La dicha se acerca. Oigo sus pasos. Sí; es la dicha, por fin.

VARIA.—(De entre los árboles.) ¡Ania! ¿Dónde estás?

TROFIMOF.—(Con enfado.) ¡Al diablo, Varia! ¡Qué fastidio!

ANIA.—¿Qué hacer? Encaminémonos hacia el río.

TROFIMOF.—Tiene razón, vámonos de aquí. (Ambos se levantan del banco y, en dirección opuesta al lado de donde parten las voces, aléjanse muy lentamente.)

VARIA.—(Desde la arboleda.) ¡Ania! ¡Ania!…


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