La Dama del Perrito

La Dama del Perrito

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II

Pasó una semana desde el día en que se conocieron. Era una jornada festiva. En las habitaciones el ambiente era sofocante y en las calles el viento levantaba remolinos de polvo y arrancaba los sombreros. La sed no les abandonaba, de modo que Gúrov entraba a menudo en el restaurante e invitaba a Anna Serguéievna a un refresco o un helado. No sabía uno dónde meterse.

Al atardecer, cuando el viento se calmó un poco, se dirigieron al muelle para contemplar la llegada del vapor. En el embarcadero había muchos transeúntes; habían ido a recibir a alguien y llevaban ramos de flores en las manos. En ese lugar saltaban a la vista dos peculiaridades de la sociedad elegante de Yalta: las damas maduras iban vestidas como las jóvenes y había muchos generales.

Debido a la agitación del mar, el vapor llegó con retraso, cuando ya se había puesto el sol y, antes de atracar, tuvo que hacer una larga maniobra de aproximación. Anna Serguéievna miraba el vapor y a los pasajeros con sus impertinentes, como si buscara a algún conocido, y cuando se volvía hacia Gúrov sus ojos estaban brillantes. Hablaba mucho y planteaba cuestiones bruscas, olvidándose al punto de lo que acababa de preguntar; luego perdió sus impertinentes entre el gentío.


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