La Dama del Perrito
La Dama del Perrito Anna Serguéievna empezó a visitarle en Moscú. Dos o tres veces al mes se marchaba de S. y le decía a su marido que iba a consultar a un especialista sobre una enfermedad propia de mujeres y el marido la creía y no la creía. Cuando llegaba a Moscú, se alojaba en el hotel Slavianski Bazar y al punto enviaba a Gúrov un propio con gorra roja. Gúrov iba a verla, sin que nadie en Moscú supiera nada.
Una mañana de invierno se dirigía a su encuentro (el emisario había ido a su casa la víspera por la tarde, pero no lo había encontrado). Con él iba su hija, a la que quería acompañar al instituto, pues quedaba de paso. Caían gruesos copos de blanda nieve.
—Estamos a tres grados sobre cero y sin embargo sigue nevando —le decía Gúrov a su hija—. Eso se debe a que sólo en la superficie de la tierra el ambiente es templado; en las capas superiores de la atmósfera la temperatura es muy distinta.
—Papa, ¿por qué en invierno no hay truenos?
