La isla de Sajalin
La isla de Sajalin El pasado de Derbínskoie no está marcado por ningún hecho feliz. Una parte de la estrecha llanura en la que se alza la aldea estaba cubierta de un tupido bosque de abedules y álamos temblones; en la otra, más espaciosa, pero baja, pantanosa y, en principio, poco apropiada para la colonización, había un espeso bosque de abetos y alerces. Apenas se había terminado de abatir los árboles y desbrozar la superficie necesaria para construir las isbas, la cárcel y los almacenes del Estado, una vez drenado el terreno, cuando hubo que luchar con una desgracia que los colonizadores no habían previsto: durante la crecida primaveral, el riachuelo Amga inundaba toda la zona. Fue necesario excavar otro cauce y darle una nueva orientación. En la actualidad Derbínskoie ocupa una superficie mayor que una versta cuadrada y tiene el aspecto de una verdadera aldea rusa. Se entra en ella por un soberbio puente de madera; el río es alegre, las verdes orillas están cubiertas de sauces, las calles son espaciosas, las isbas tienen techumbre de tablas y disponen de patios. Los edificios de la prisión, totalmente nuevos, todos los almacenes y depósitos y la casa del inspector se alzan en medio de la colonia, dándole un aire de hacienda señorial más que de centro penitenciario. El inspector va de un almacén a otro, acompañado del tintineo de su mazo de llaves, como si fuese un hidalgo de los viejos tiempos que cuidara día y noche de sus reservas. Su mujer, sentada en el jardín de la casa, majestuosa como una marquesa, vigila el mantenimiento del orden. Delante de ella, a través de la puerta abierta del invernadero, ve sandías ya maduras junto a las que se afana con celo de esclavo Karatáiev, un presidiario jardinero; también ve cómo traen del río, donde pescan los pesos, un salmón escogido y fresco, de la variedad llamada «plateada», que no se consumirá en la cárcel, sino que, una vez curado, se destinará a las autoridades. Cerca del jardín se pasean unas señoritas vestidas como angelitos. Su costurera es una antigua incendiaria. Por todas partes se percibe una grata y serena sensación de satisfacción y abundancia; la gente camina con delicadeza, como los gatos, y sus palabras también son delicadas: «salmoncito», «pescadito curado», «pequeños alimentos».