La isla de Sajalin
La isla de Sajalin Sería lógico pensar que podrían recabarse informaciones más precisas de las personas que labran la tierra, pero tampoco esa fuente es del todo segura. Temiendo que les priven de los subsidios o de la concesión de grano a crédito, o que tengan que quedarse en Sajalín hasta el final de su vida, los deportados suelen dar cifras inferiores a las reales, tanto en lo que respecta a la superficie cultivada como al volumen de las cosechas. Los exiliados acomodados, que no necesitan ayudas, tampoco dicen la verdad, en su caso no por miedo, sino por los mismos motivos que impulsaban a Polonio[131] a afirmar que una nube se parecía al mismo tiempo a un camello y a una comadreja. Seguían cuidadosamente las modas y las ideas predominantes: si la administración local no creía en la agricultura, ellos tampoco; si se ponía de moda la opinión contraria, ellos aseveraban que en Sajalín, gracias a Dios, se podía vivir, que las cosechas eran buenas, que la única pega era que la gente se había vuelto muy exigente, etc. Además, para agradar a la administración, recurrían a las mentiras más groseras y a todo tipo de subterfugios. Por ejemplo, elegían las espigas más granadas en sus campos y se las llevaban a Mitsul, que les creía y sacaba la conclusión de que la cosecha había sido excelente. A los recién llegados les mostraban patatas del tamaño de una cabeza, rábanos y sandías de medio pud, y los viajeros, al ver tales fenómenos, creían que en Sajalín el trigo crecía en una proporción de cuarenta a uno[132].