La isla de Sajalin

La isla de Sajalin

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Con la ocupación rusa de Sajalín Meridional la pesca entró en una fase de decadencia que ha continuado hasta nuestros días: «Donde hace poco hervía la vida, proporcionando alimento a los ainos y cuantiosos beneficios a los comerciantes —escribía en 1880 L. Deiter[139]—, no queda prácticamente nada». La actividad pesquera de los exiliados de los distritos septentrionales es insignificante. No hay otra manera de definirla. Estuve en el río Tim en el momento en que el keta había alcanzado los cursos superiores y en las verdes orillas, aquí y allá, vi a algunos pescadores sacando peces medio muertos con ganchos atados a largos palos. En los últimos años la administración, buscando medios para que los colonos ganen algún dinero, ha empezado a hacerles encargo de pescado salado. Los colonos obtienen la sal a un precio ventajoso y a crédito; luego la cárcel les compra el pescado a precios elevados para estimularlos, pero las ganancias son insignificantes y solo menciono esa actividad porque, en opinión de los presos, la sopa que se prepara en la cárcel con el pescado que envían los colonos se distingue por un sabor especialmente detestable y un olor insoportable. Los colonos no saben pescar ni preparar el pescado, y nadie les enseña. La cárcel se queda con los mejores lugares de pesca y deja a los colonos los rápidos y los vados, donde los troncos hundidos y las piedras desgarran sus modestas redes de fabricación propia. Cuando estuve en Derbínskoie los detenidos estaban pescando para la cárcel. El comandante de la isla, el general Kononóvich, ordenó a los colonos que se reunieran y les reprochó que el año pasado hubieran vendido a la cárcel un pescado incomible. «El deportado es vuestro hermano y mi hijo —les dijo—. Cuando engañáis al Estado, estáis causando un perjuicio a vuestro hermano y a mi hijo». Los colonos se mostraron de acuerdo, pero, a juzgar por la expresión de sus rostros, resultaba evidente que al año siguiente el hermano y el hijo volverían a comer un pescado hediondo. Aunque los colonos aprendieran a preparar el pescado, esa actividad no reportaría nada a la población, ya que, más tarde o más temprano, la inspección sanitaria acabará prohibiendo el consumo de ejemplares capturados en los cursos altos de los ríos. El 25 de agosto asistí en Derbínskoie a la pesca de la prisión. La lluvia, que llevaba cayendo varios días, había conferido al paisaje un aspecto desolado. Era difícil caminar por la resbaladiza orilla. En primer lugar entramos en un cobertizo, donde dieciséis presos, bajo la supervisión de Vasilenko, un antiguo pescador de Taganrog, salaban el pescado. Ya habían salado ciento cincuenta barriles, unos dos mil puds. Daba la impresión de que, si Vasilenko no hubiese acabado en la isla, nadie sabría cómo arreglárselas con el pescado. Un sendero conducía del cobertizo a la orilla, donde seis deportados con cuchillos muy afilados limpiaban los peces, arrojando las vísperas al río. El agua estaba roja, turbia. Un fuerte olor a pescado, despojos y sangre llenaba el aire. A un lado, un grupo de pescadores, empapados y con los pies desnudos o envueltos en lienzo, lanzaban una pequeña red. La sacaron dos veces en mi presencia y en ambas ocasiones estaba llena. Todos los ejemplares de keta tenían un aspecto extremadamente sospechoso, con los dientes protuberantes, el lomo arqueado y el cuerpo cubierto de manchas. Casi todos tenían el vientre pardusco o verdoso y secretaban un excremento líquido. Una vez arrojado a la orilla, el pescado moría enseguida, si no había muerto ya en el agua o mientras se debatía en la red. Los raros ejemplares sin manchas reciben el nombre de serebrianki (plateados); los hombres los apartaban con mucho cuidado, pues no estaban destinados al perol de la cárcel, sino a una cura especial.


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