La isla de Sajalin
La isla de Sajalin Al día siguiente fui a ver al comandante de la isla, V. O. Kononóvich. A pesar de su cansancio y de su escaso tiempo libre, el general me recibió con extremada cortesía y conversó conmigo durante casi una hora. Es un hombre cultivado, instruido, y además posee una gran experiencia práctica, pues antes de ser destinado a Sajalín, estuvo al mando del presidio de Kara durante dieciocho años; habla y escribe correctamente y da la impresión de ser una persona sincera, penetrada de aspiraciones humanitarias. No puedo olvidar el placer que me causaron nuestras entrevistas y la grata impresión que me produjo desde un principio su aversión a los castigos corporales, tema en el que insistió más de una vez. G. Kennan, en su célebre libro, habla de él con admiración.
Cuando se enteró de que pretendía pasar varios meses en la isla, el general me previno de que la vida era difícil y monótona.
—Todos intentan huir de aquí —me dijo—, los reclusos, los colonos y los funcionarios. Yo todavía no tengo deseos de escapar, pero siento una considerable fatiga mental, pues son muchos los asuntos que requieren mi atención.
Me prometió una total colaboración, pero me pidió un poco de paciencia, pues se esperaba la visita del gobernador general y todo el mundo estaba ocupado.