Tres hermanas

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Escena IV

Entra CHEBUTIKIN, seguido de un soldado cargado con un «samovar» de plata. Se oyen exclamaciones de asombro y desaprobación.

 

OLGA. —(Cubriéndose el rostro con las manos). ¡Un «samovar»…! ¡Es terrible! (Entrando en el salón, se dirige a la mesa).

IRINA. —¡Iván Romanich! ¡Querido…! ¿Qué hace usted?

TUSENBACH. —¿No se lo había dicho?

MASCHA. —¡Iván Romanich! ¡No tiene usted vergüenza…! ¡Sencillamente, no la tiene usted!

CHEBUTIKIN. —¡Queridas mías…! ¡Son ustedes lo único que tengo…! ¡Lo más precioso para mí en este mundo…! ¡Pronto cumpliré los sesenta! ¡Soy un viejo! ¡Un solitario! ¡Un viejo inútil…! ¡No hay nada bueno en mí salvo este amor que les tengo, y, si no fuera por ustedes, hace tiempo que no estaría ya en el mundo! (A IRINA). ¡Mi nenita querida…! ¡La conozco desde el día que nació! ¡La llevé en mis brazos! ¡Tuve gran cariño a su difunta madre!

IRINA. —Pero ¿por qué hacer unos regalos tan caros?


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