Tres hermanas
Tres hermanas VERSCHININ. —¡Tal vez…! ¡Quizá porque no he almorzado! Desde la mañana estoy sin tomar nada. Tengo a una hija algo malucha, y cuando alguna de mis niñas cae enferma, la inquietud se apodera de mí y la conciencia me atormenta por haberles dado una madre semejante… ¡Si la hubiera usted visto hoy…! ¡Qué criatura tan nula…! ¡A las siete de la mañana empezamos a reñir y a las nueve salí dando un portazo! (Pausa). Jamás hablo de esto, y es singular que sea solo con usted con quien me lamente. (Besándole la mano). ¡No se enfade conmigo…! ¡Fuera de usted no tengo a nadie! (Pausa).
MASCHA. —¡Qué ruido hace la chimenea…! ¡Poco antes de morir nuestro padre hacía el mismo…! ¡Exactamente el mismo!
VERSCHININ. —¿Tiene usted prejuicios?
MASCHA. —Sí.
VERSCHININ. —¡Qué raro! (Besándole la mano). ¡Es usted una mujer maravillosa! ¡Encantadora! ¡A pesar de esta oscuridad, veo brillar sus ojos!
MASCHA. —(Cambiando de silla). Aquí está más claro.
VERSCHININ. —¡La quiero! ¡La quiero…! ¡Quiero a sus ojos! ¡A sus movimientos…! ¡Maravillosa, encantadora mujer!