Tres hermanas
Tres hermanas IRINA. —¿Adónde se fue Alexander Ignatich?
MASCHA. —A su casa. Otra vez, a él y a su mujer, les ocurre algo extraordinario.
TUSENBACH. —(Yendo hacia SOLIONII con un frasco de coñac en la mano). ¡Se pasa usted el tiempo ahí sentado, solo…, dando vueltas a alguna idea incomprensible para uno…! ¡Bueno…! ¡Hagamos las paces…! ¡Bebamos coñac! (Beben). ¡Hoy tendré que estar toda la noche tocando el piano! Tocaré una serie de cosillas… ¡Qué remedio!
SOLIONII. —¿Y por qué hacer las paces? Yo no estoy reñido con usted.
TUSENBACH. —¡Porque siempre despierta usted en mí la sensación de que entre nosotros ha pasado algo! ¡Hay que reconocer que es usted extraño!
SOLIONII. —(En tono declamatorio). «¡Sí, soy extraño, sí…!; pero ¿quién no lo es?». «¡No te enfades, Aleko!»…
TUSENBACH. —¿Qué tiene que ver Aleko con esto? (Pausa).
SOLIONII. —¡La verdad es que, cuando estoy solo con una persona, todo va bien! ¡Soy un hombre como otro cualquiera…! ¡En sociedad, sin embargo, me muestro triste, tímido, y digo toda serie de sandeces…! ¡A pesar de todo, soy más noble y más honrado que muchos! ¡Puedo demostrarlo!