Búffalo Bill
Búffalo Bill El rastro dejado por los indios nos conducía al sur del río Republican, al que las tropas llegaron, siguiéndolo, hasta Plum Creek. Allí hicimos alto abandonando la búsqueda sin haber visto siquiera la sombra de un piel roja. De regreso en Fort Kearney, el agente de la compañía, en vista del fracaso de la expedición punitiva y de que habíamos perdido el ganado, los bueyes y mulas de transporte, canceló nuestras cuentas y nos envió de vuelta a Fort Leavenworth. Para mayor entendimiento del lector es conveniente aclarar que las compañías de carretas como la de Russell, Majors y Waddell, no se hacían responsables de las pérdidas de las mercaderías confiadas a su transporte a través de regiones en las que el viaje podía fracasar debido al ataque de los indios, pues el Estado se hacía cargo del riesgo que pudieran correr en esas circunstancias. Era lógico que no fuera una empresa particular la que garantizara la vida y hacienda de los pobladores, sino el Estado.
Un día de principios de julio, hallándome en Leavenworth, fui, con gran sorpresa de mi parte, entrevistado por el reporter de un importante diario local. A la mañana siguiente aumentó aún más mi asombro al leer en ese diario estos títulos, referidos a mi persona: «El más joven de los matadores de indios de las llanuras»… etcétera.