Búffalo Bill
Búffalo Bill Pero no pararon ahí las penurias del pobre muchacho, pues a los pocos días de dicha desagradable visita, cayó una tormenta de nieve de tal intensidad que tapó la entrada de la cueva que le servía de vivienda. Esto le pareció el fin de todas las esperanzas; no tenía luz ni fuego y sí muy poco que comer y frío intenso, que se hacía aún más insoportable debido a la debilidad e inmovilidad en que se hallaba. Así pasaron tres semanas infernales ¡y Phillips sin volver! Su desesperación llegó a tal punto que por momentos creyó volverse loco. Habían transcurrido ya veintiocho días de soledad y no le quedaba más que un mendrugo para comer como todo alimento. Calculó que sin comer absolutamente nada podría aguantar todavía unos tres días, pero su estado de debilidad era tan grave que estaba seguro que le quedaban pocas horas de vida. El día vigésimonono, ya en el colmo de la desesperación, se acurrucó en un rincón de su triste cabaña y se dispuso a entregar su alma a Dios. En eso creyó oír su nombre pronunciado desde fuera pero su mente ya había perdido la lucidez y no pudo darse cuenta si soñaba o si realmente lo llamaba un ser existente. Sólo pudo, y eso como reacción refleja, exhalar un débil gemido que era lo único que necesitaba el de fuera para orientarse respecto a la entrada de la cueva, que la nieve impedía ver. Entró Phillips —pues era él— y arrodillándose al lado del infeliz Bill lo sacudió para reanimarlo. El muchacho abrió los ojos y al reconocer a su salvador, sus nervios cedieron y cayó inerte. Fue sacado del antro, más muerto que vivo. Pero vivía y estaba destinado a vivir una vida agitada como pocas.