Búffalo Bill

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Antes de emprender la marcha pasó revista inspeccionando a todos los pasajeros. Dos de éstos le parecieron sospechosos, agregado al hecho de que por causas no explicadas el segundo cochero no había podido partir. Con la sagacidad habitual en él para todo lo que significara lucha, pensó que era conveniente adelantarse a los acontecimientos y decidió obrar en consecuencia. Llegados a cierto punto del trayecto, había quedado solo precisamente con los dos pasajeros sospechosos, pues los demás, llegados a sus respectivos destinos habían abandonado la diligencia. Entonces puso manos a la obra. Detuvo el vehículo y se apeó del pescante. Fingió ajustar los arneses de uno de los caballos y volviendo al coche abrió la portezuela y pidió si alguno quería ayudarlo en la tarea. Ambos pasajeros ofrecieron su ayuda, disponiéndose a descender a tierra. Ese fue el momento en que Bill, extrayendo rápidamente su revólver, los amenazó y los desarmó en menos que canta un gallo. Con la misma rapidez y habilidad los ató de pies y manos y los tiró sobre el piso de la diligencia, reanudando la marcha. En el trayecto, cuando aún iban otras personas en el vehículo y la conversación era general, Bill había oído algo que le había hecho suponer que esos individuos pertenecían a una banda. Estaría ésta, seguramente, apostada en cierto lugar que él sabía muy apropósito para el caso. Y también se trazó un plan que empezó a ejecutar en cuanto llegó a la primera posta, donde dejó a sus prisioneros, continuando en seguida su camino. Poco antes de llegar al sitio donde estaba seguro que sería atacado, detuvo la diligencia, descendió del pescante y cortando el almohadón de sus asientos guardó en su interior todo el dinero que llevaba. Hecho esto, continuó el viaje.


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