Búffalo Bill
Búffalo Bill Mi madre tomó parte activa, tanto en la construcción de la cabaña como en la organización de la enseñanza. Después de mucho insistir consiguió que yo retornara a mi casa —pues debo hacer notar al lector que para ese entonces yo había abandonado mi hogar en busca de aventuras— y me inscribí como alumno. En poco tiempo hice satisfactorios progresos hasta que un día, como consecuencia de una pelea que debí sostener con uno de mis compañeros, me vi obligado a salir del pueblo. Me propuse entonces cruzar la frontera, consiguiendo para ello empleo en la firma Russell, Majors y Waddell, propietarios de una compañía que transportaba cargas en convoy a través de llanuras dilatadas y pobladas de indios. Aunque no ocurrió ningún contratiempo ni incidente que le diera interés, este primer viaje mío por el desierto me resultó amenísimo y muy grato a mi espíritu. Viví unos cuantos días con la sensación de la aventura siempre próxima y con el ánimo dispuesto a correrla en la más heroica de las hazañas.
Pero no sucedió nada; por lo menos nada que valga la pena ser relatado.
Al llegar al punto de destino y habiendo cumplido con nuestra misión, que era la de llevar provisiones de boca y municiones al fuerte Kearney, me abonaron mis servicios y me despacharon junto con otros compañeros, que habían sido contratados especialmente para ese viaje.
