El regreso de Sherlock Holmes. Parte 2
El regreso de Sherlock Holmes. Parte 2 —Un caso sencillo, pero muy instructivo en ciertos aspectos —comentó Holmes durante el viaje de regreso a Londres—. Desde un principio, todo giraba en torno a las gafas. De no haberse dado la afortunada circunstancia de que el moribundo se quedara con ellas, no sé si habrÃamos conseguido hallar la solución. Al ver la potencia que tenÃan las lentes, comprendà en seguida que su propietaria tenÃa que haber quedado ciega e indefensa al verse privada de ellas. Cuando usted pretendió hacerme creer que una persona asà pudo recorrer una estrecha franja de césped sin dar ni un solo paso en falso, le comenté, como recordará, que me parecÃa una verdadera hazaña. Por mi parte, decidà que se trataba de una hazaña imposible, a menos que dispusiera de un segundo par de gafas, lo cual parecÃa muy improbable. En consecuencia, me vi obligado a considerar seriamente la hipótesis de que se hubiera quedado dentro de la casa. Al observar la semejanza entre los dos corredores comprendà que era muy probable que la mujer se hubiera equivocado, en cuyo caso era evidente que habrÃa ido a parar a la habitación del profesor. De manera que me puse ojo avizor ante cualquier cosa que pudiera apoyar esta suposición, y examiné cuidadosamente la habitación en busca de algún posible escondite. La alfombra parecÃa de una sola pieza y bien clavada, asà que descarté la idea de una trampilla en el suelo. Pero podÃa existir un hueco detrás de los libros. Como saben, estos dispositivos eran frecuentes en las antiguas bibliotecas. Me fijé en que habÃa libros amontonados en el suelo por todas partes, y sin embargo quedaba una estanterÃa vacÃa. Allà podÃa estar la puerta. No encontré ninguna huella que me orientara, pero la alfombra tenÃa un color pardusco que se presta muy bien al examen. Asà que me fumé un montón de esos excelentes cigarrillos y dejé caer la ceniza por todo el espacio que quedaba delante de la librerÃa sospechosa. Un truco muy sencillo, pero la mar de efectivo. Luego bajamos al jardÃn y, delante de usted, Watson, aunque usted no se dio cuenta de la intención de mis preguntas, me cercioré de que el consumo de alimentos del profesor Coram habÃa aumentado…, como cabrÃa esperar de quien tiene que alimentar a una segunda persona. Volvimos a subir a la habitación y me las arreglé para tirar la caja de cigarrillos, con lo que tuve ocasión de examinar el suelo de cerca y pude ver con toda claridad, por las huellas dejadas sobre la ceniza del cigarrillo, que durante nuestra ausencia la prisionera habÃa salido de su agujero. Bien, Hopkins, hemos llegado a Charing Cross y le felicito por haber llevado el caso a tan feliz conclusión. Supongo que irá usted a Jefatura. Watson, creo que usted y yo nos daremos un paseo hasta la embajada rusa.